JUAN HEREDIA / CONSULTORÍA MX / 2026

La próxima economía podría estar sobre nuestras cabezas

China está convirtiendo el espacio aéreo de baja altura en una nueva capa de actividad económica. Drones, logística, inteligencia artificial y nuevas formas de movilidad empiezan a ocupar un lugar que hasta hace poco permanecía casi vacío. La pregunta no es solamente qué podemos hacer ahí arriba, sino qué vale la pena hacer.

China está convirtiendo el espacio aéreo de baja altura en una nueva capa de actividad económica. Drones, logística, inteligencia artificial y nuevas formas de movilidad empiezan a ocupar un lugar que hasta hace poco permanecía casi vacío. La pregunta no es solamente qué podemos hacer ahí arriba, sino qué vale la pena hacer.

Durante mucho tiempo hemos pensado las ciudades casi como si fueran un plano.

Construimos calles para mover personas, carreteras para transportar mercancías, tuberías para llevar agua y redes para mover electricidad y datos. Cuando una ciudad necesita crecer, normalmente pensamos en extender alguna de esas cosas.

Pero encima de todo eso hay otra dimensión.

Cientos de metros de espacio que, salvo por aviones, helicópteros, algunas antenas y, más recientemente, drones, han permanecido bastante vacíos.

En China llevan algunos años hablando de ese espacio con un nombre particular: economía de baja altura.

El término abarca mucho más que drones. Incluye las aeronaves, por supuesto, pero también su fabricación, los sistemas de navegación, comunicaciones, estaciones de despegue y aterrizaje, gestión del tráfico y todos los servicios que podrían aparecer alrededor de ellos.

Logística. Agricultura. Inspección de infraestructura. Emergencias. Cartografía. Turismo. Transporte de carga. Y eventualmente, también de personas.

En 2024, la economía de baja altura apareció por primera vez en el informe de trabajo del gobierno chino como uno de los nuevos motores de crecimiento del país. Desde entonces, distintas ciudades han empezado a desarrollar infraestructura, regulación y aplicaciones alrededor de ella. Shanghai, por ejemplo, contempla instalaciones distribuidas de despegue y aterrizaje, comunicaciones, navegación, energía, meteorología y una red de rutas de baja altura. Su planificación llega a más de cien escenarios de aplicación, desde logística hasta rescate, inspección de líneas eléctricas y transporte de pasajeros.

Eso empieza a parecerse menos a una industria de drones y más a otra cosa:

una nueva capa de infraestructura.

El problema empieza cuando todos quieren volar

Hacer volar un dron ya no es particularmente extraordinario.

Lo complicado empieza cuando imaginamos miles.

Supongamos que en una misma ciudad una empresa utiliza drones para inspeccionar edificios, otra transporta paquetes, Protección Civil los utiliza durante una emergencia y una compañía eléctrica está revisando su infraestructura.

¿Quién puede pasar por dónde?

¿A qué altura?

¿Qué ocurre cuando dos rutas se cruzan?

¿Quién sabe qué aeronave está sobrevolando una casa?

¿Qué pasa si pierde comunicación?

¿Dónde aterriza?

¿Quién responde cuando cae?

De repente necesitamos algo parecido a carreteras, semáforos y reglas de tránsito, sólo que ninguna de esas cosas puede verse.

Eso explica parte del enfoque chino. Shanghai no está esperando únicamente a que aparezcan mejores aeronaves: sus planes incluyen centros de servicio de vuelo, plataformas de supervisión, infraestructura terrestre y redes de rutas. Para 2030, su planificación urbana contempla que la infraestructura de baja altura esté integrada con energía, información, transporte, agricultura, agua y seguridad pública.

La tecnología importante, entonces, no es necesariamente el dron.

También es todo aquello que permite que muchos drones compartan el cielo sin convertirlo en un caos.

Antes de imaginar taxis voladores

Cuando pensamos en esta industria es fácil saltar directamente a la imagen más espectacular: subir a una pequeña aeronave eléctrica y atravesar una ciudad por el aire.

Quizá ocurra.

Pero sospecho que las primeras transformaciones realmente importantes serán bastante menos cinematográficas.

Una línea eléctrica que puede inspeccionarse sin mandar a una persona a una zona peligrosa.

Un cultivo que puede revisarse en minutos.

Medicamentos que pueden llegar a una comunidad difícil de alcanzar por carretera.

Una zona afectada por una inundación que puede inspeccionarse antes de enviar equipos de rescate.

Una obra que puede medirse constantemente desde el aire.

Son usos menos llamativos que un taxi volador, pero quizá sean mucho más relevantes.

Y aquí aparece una distinción que vale la pena conservar durante toda esta conversación.

Un dron que entrega una hamburguesa diez minutos antes y uno que lleva sangre a un hospital pueden ser tecnológicamente muy parecidos.

Lo que cambia es el problema que están resolviendo.

Viviremos debajo de todo esto

Hay algo curioso en casi todas las visiones sobre el futuro de la aviación urbana: solemos observarlas desde dentro del vehículo.

Pero la mayoría de nosotros no estaremos dentro.

Estaremos abajo.

Para una persona que camina por una ciudad, la economía de baja altura puede significar algo tan sencillo como empezar a ver y escuchar máquinas desplazándose sobre su casa, su trabajo o el parque al que lleva a sus hijos.

Y ahí la conversación cambia.

Porque un espacio que actualmente percibimos como relativamente vacío empezaría a tener tráfico.

Aparecen preguntas sobre ruido, seguridad, privacidad y vigilancia. También sobre algo más difícil de medir: cuánto estímulo adicional queremos introducir en ciudades que ya están bastante saturadas.

No son preocupaciones hipotéticas. Estudios recientes sobre drones y movilidad aérea urbana encuentran precisamente seguridad, ruido, privacidad, regulación y confianza entre los factores que condicionan la aceptación pública. La investigación de 2026 sigue señalando que tener la tecnología lista no garantiza que las personas quieran convivir con ella.

Y creo que aquí existe una paradoja interesante.

Podemos querer el servicio sin querer el aparato.

Probablemente agradeceríamos que un dron llevara un desfibrilador a alguien que lo necesita. Tal vez no sentiríamos el mismo entusiasmo si cincuenta drones cruzaran nuestro vecindario cada hora para entregar compras.

Ambos pueden ser llamados innovación.

Pero no necesariamente producen la misma calidad de vida.

Por eso hay una pregunta que me parece más útil que preguntarnos cuántos drones veremos en el futuro:

¿Qué tendría que mejorar en nuestra vida para justificar ocupar también el cielo?

Si eres emprendedor, quizá estás haciendo la pregunta al revés

Cuando aparece una tecnología nueva, ocurre algo bastante predecible.

Primero descubrimos lo que puede hacer.

Después intentamos encontrar dónde meterla.

Pasó con las aplicaciones móviles, con blockchain y está ocurriendo ahora con inteligencia artificial. A veces encontramos algo extraordinario. Otras veces terminamos agregando tecnología a problemas que estaban perfectamente bien sin ella.

Con los drones podría suceder exactamente lo mismo.

Así que para alguien que está pensando en construir un producto o una empresa, yo no empezaría preguntando:

¿qué negocio puedo hacer con drones?

Miraría alrededor y preguntaría algo diferente:

¿qué problema seguimos resolviendo sobre el suelo porque hasta ahora no teníamos una alternativa razonable?

Quizá hay una instalación industrial que alguien tiene que inspeccionar físicamente.

Un agricultor que descubre demasiado tarde un problema en una cosecha.

Una comunidad donde transportar algo urgente toma horas.

Una carretera que después de una tormenta debe revisarse kilómetro por kilómetro.

Una empresa que necesita obtener información frecuente de un territorio difícil de recorrer.

Si encontramos algo así, entonces tiene sentido preguntar si volar ayuda.

El orden importa.

Primero encontrar algo que valga la pena resolver. Después decidir si necesitamos un dron.

Y aun encontrándolo, queda otro problema.

Una buena idea no crea un espacio aéreo

Supongamos que mañana alguien en México encuentra una aplicación extraordinaria para esta tecnología.

Tiene el vehículo. Tiene clientes. La economía funciona.

Todavía no significa que pueda llenar una ciudad de aeronaves.

Alguien tendrá que definir dónde pueden volar, cómo se identifican, qué ocurre cerca de aeropuertos, qué seguros necesitan, quién responde por accidentes y bajo qué condiciones pueden operar de manera autónoma.

Aquí la participación del Estado deja de ser un obstáculo externo a la innovación y se convierte, para bien o para mal, en parte del producto.

China resulta especialmente interesante por eso.

El crecimiento que estamos observando allí no proviene únicamente de emprendedores descubriendo oportunidades. Existe una política deliberada para construir simultáneamente industria, infraestructura, regulación y aplicaciones. En Shanghai, incluso distritos específicos continúan incorporando la economía de baja altura a sus planes industriales y de infraestructura en 2026.

No significa que ése sea automáticamente el modelo que México debería copiar.

Un gobierno también puede equivocarse al escoger tecnologías, subsidiar industrias que no encuentran demanda o acelerar algo antes de que la sociedad quiera convivir con ello.

Pero sí deja una lección interesante:

hay tecnologías cuyo mercado no puede construirse únicamente desde el mercado.

Una carretera necesita reglas comunes. Una red eléctrica necesita estándares. Internet necesitó protocolos.

Si algún día queremos utilizar masivamente el espacio sobre nuestras ciudades, alguien tendrá que diseñar las condiciones que permitan compartirlo.

¿Y México?

México no empieza desde cero.

Tenemos operaciones comerciales con drones y existe una regulación específica. La NOM-107-SCT3-2019 establece los requerimientos para operar sistemas de aeronaves pilotadas a distancia en el espacio aéreo mexicano, y la AFAC mantiene procedimientos para su registro y operación. La norma continúa vigente.

Pero tener drones no es lo mismo que tener una economía de baja altura.

La diferencia aparece cuando dejamos de pensar en vuelos individuales y empezamos a imaginar una red.

Ahí hacen falta infraestructura, gestión del espacio aéreo, comunicaciones, estándares, nuevas capacidades empresariales y, sobre todo, razones suficientes para construirlas.

México quizá tenga algo valioso en este momento: tiempo para observar.

Podemos ver qué usos funcionan en China y en otros mercados. Cuáles realmente reducen costos o salvan tiempo. Cuáles molestan a la población. Qué accidentes aparecen. Qué modelos sobreviven cuando desaparece la novedad.

Y podríamos empezar por problemas muy nuestros.

Agricultura.

Infraestructura eléctrica.

Carreteras.

Puertos.

Minería.

Construcción.

Incendios forestales.

Desastres naturales.

Comunidades con conexiones terrestres difíciles.

No necesitamos empezar imaginando una flotilla de taxis voladores sobre Reforma.

Quizá la economía de baja altura mexicana empiece con algo muchísimo más aburrido.

Y quizá eso sea bueno.

No todo espacio vacío necesita convertirse en mercado

Hay una versión de este futuro que me parece extraordinaria.

Trabajadores que ya no necesitan exponerse para inspeccionar infraestructura peligrosa. Equipos de emergencia que entienden una situación antes de entrar. Medicamentos que llegan a lugares difíciles. Agricultores con mejor información. Mercancías que pueden evitar una carretera cuando realmente existe una ventaja en hacerlo.

También puedo imaginar otra.

Miles de pequeños aparatos atravesando una ciudad para entregarnos cosas que podríamos haber esperado media hora. Cámaras desplazándose sobre propiedades privadas. Publicidad. Ruido. Accidentes. Una nueva capa de saturación visual.

Curiosamente, las dos ciudades podrían utilizar exactamente la misma tecnología.

La diferencia estaría en las decisiones que tomamos alrededor de ella.

Y quizá ésa sea la parte más interesante de la economía de baja altura.

Todavía estamos suficientemente temprano como para discutir no solamente qué podemos construir, sino qué queremos construir.

Eso no sucede con frecuencia.

Muchas de las tecnologías que hoy estructuran nuestra vida llegaron antes de que entendiéramos bien lo que estábamos intercambiando por ellas. Adoptamos redes sociales antes de comprender qué podían hacer con nuestra atención. Llenamos las ciudades de automóviles antes de descubrir cuánto territorio terminaríamos dedicándoles.

Con el cielo todavía tenemos cierta ventaja.

Está, en gran medida, vacío.

Para un emprendedor, eso representa un espacio enorme de posibilidades.

Para un gobierno, una infraestructura que todavía tiene que imaginarse.

Y para el resto de nosotros, algo que probablemente deberíamos aprender a valorar antes de llenarlo.

Porque el hecho de que finalmente podamos utilizar ese espacio no responde la pregunta más importante.

¿Qué clase de cielo queremos encima de la vida que estamos construyendo?

FROM EXPLORATION TO ACTION

¿Esto te hizo pensar en algo que quieres construir, entender o resolver?

No necesitas tener una empresa montada, una estrategia definida ni saber exactamente qué servicio necesitas.

Puedes llegar con una idea, una duda, un proyecto que apenas empieza o un problema que todavía no sabes cómo nombrar.

Podemos empezar por entenderlo juntos y decidir cuál sería el siguiente movimiento.
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